Todo el mundo me considera una
persona fría y poco cariñosa. Y quizás sea cierto. Pero eso no significa que no
quiera, que no ame. No significa que no necesite que me abracen sin que lo
pida, que me escuchen sin que yo escuche antes, que me digan “No llores más,
estoy aquí contigo.”
Lo de irse a una ciudad nueva puede
ser apasionante, nueva casa, nuevos amigos, nuevas calles… pero al fin y al
cabo, lo que quieres es que esas personas que te conocen, que lo saben todo de
ti, aparezcan de repente y te quieran, y te protejan. No estás sola, pero te
sientes como si lo estuvieras. Y llega entonces el momento en el que autoconvences
de que ya vendrán épocas mejores, que falta acostumbrarse a la nueva situación,
que es todo cuestión de tiempo.
Quiero encontrar alguien en esta
helada ciudad que sea capaz de darme el cariño que me falta, y que poco a poco,
ese sentimiento de querer marcharme, se convierta en echar de menos cada
persona y cada experiencia que encuentre este año.
Menos mal que desde hace mucho tiempo, tengo a alguien
que cada mañana, cada tarde, y cada noche, esté donde esté, me hace irme a
dormir con una sonrisa en la cara, y me hace darme cuenta de que aunque esté
más lejos que nunca, me quiere como siempre. Me quiere como nadie.










