25 de junio de 2011

I.S.


Quizás les haya pasado en alguna ocasión, quizá, alguna vez, caminando por la calle les pareció ver entre el tumulto de la gente a una persona a la que amaron hace mucho tiempo, apenas fue un instante, un breve destello de luz, lo suficiente para dejar una quemadura en la retina y en el alma, lo suficiente como para dejarte paralizado en mitad de la acera sintiéndote a contracorriente de todo, sin saber muy bien qué hacer o qué decir. Y se le llena a uno la cabeza de recuerdos.
Y el caso es que no estás seguro de que se trate de esa persona, porque primero fue, como digo, un breve instante, y en segundo lugar porque hace tanto tiempo desde la última vez que os visteis que… todos hemos cambiado en este tiempo, y tú también, aunque a veces te niegues a reconocerlo, y está bien que así sea. El caso es que entonces uno queda dudando en mitad de la acera pensando si no será que uno confunde la realidad con el deseo. Quiero decir que quizá sí se trate de esa persona pero a lo mejor no, a lo mejor uno lo desea tanto que la inventa entre la gente, apareciendo y desapareciendo, desapareciendo y apareciendo. Y no digo que quedara algo urgente por decir, algo pendiente. Quizás no sea eso, quizás sea un deseo inconsciente, y uno sólo quiere encontrarse con ella para decirle… cualquier tontería. Quizá para recuperar un retazo de aquellos tiempos en los que éramos eternos y vulnerables, quizás sólo para decir: ¿Qué ha sido de ti en todo este tiempo? ¿Qué fue de nosotros?… ¿Qué ha sido de mí?
Pero se algo… Sé que algún día todo cambiara. Algún día las cosas serán diferentes. Un día una persona entrará en un vagón de metro y encontrará a una chica a la que amo en el asiento de enfrente, radiante y luminosa, y se acercará a ella, y le preguntará… ¿Cómo estás? ¡Cuánto tiempo!, ¿te acuerdas de mí?, y un día, todo cambiará. Ella se levantará de su asiento sosteniéndole la mirada, el metro detendrá su ritmo, todas las cabezas se girarán hacia ellos… La ciudad también se detendrá, la gente parada en las aceras, los coches en mitad de la calle, las palomas emprenderán el vuelo, ella se acercará mucho a él, y un día le responderá de forma muy diferente a como suele suceder…

2 de junio de 2011

Peor el remedio que la enfermedad.

¿Y que sientes ahora? Dime. Ahora que nos hemos quedado en un ‘pudo y no fue’. Yo que temía el después. Temía echarte de menos. Temía necesitar volver a verte si llegabas a rozar mis labios una sola vez. Ahora niégame que no me echas de menos más que nunca. Que el aguantarnos las ganas por temor al mañana no te corroe por dentro. Nada de lo que hicimos subsano las ganas del momento, ni ahora me sirven de consuelo para no extrañarte. Si, puedo afirmarlo, te echo un poco de menos. Es más, me atrevería a decir que este es uno de esos casos en que fue peor el remedio que la enfermedad. Dicen que los besos aguantados son como las cosas que no decimos; te van comiendo por dentro. Acaban con tus recuerdos sustituyendo cada uno de ellos por un ‘podría’ y comienzas a vivir en el pasado, en lo que una vez para nosotros fue presente y no lo aprovechamos. No sé que va a pasar ahora, tu quizás te vayas, y me dejes aquí, o te quedes, y tenga que verte día tras día... pero ten por seguro que yo me guardo " un presente" por si algún día lo necesitamos. Solo espero la oportunidad de volver a tenerte en frente y decirte:
‘Déjame que toque la suerte y por una vez, no recuerdes todo lo que pudo haber sido', y esta vez... si que funcione.