Hace días que llevo pensando en escribir… justo desde que te fuiste de mi cama.
La verdad es que no es fácil reflejar tantos sentimientos en un puñado de letras bien colocadas, contando con que mi cara y mi actitud me roban todas las frases que, en algún momento, intente plasmar en este papel.
Es realmente difícil decir adiós, ver como algo se desprende de ti para sentarse en un polvoriento sillón de autobús, en el que no estás tú… sólo la distancia. Es difícil disimular las lágrimas cuando regresas a esas cuatro paredes que, aunque ahora se antojan frías, hace unos minutos fueron el lugar más cálido en el que habías estado nunca. Caminar cabizbaja mientras la lluvia va cayendo sobre ti, a pesar de sostener un paraguas en la mano izquierda, también es difícil, porque las gotas van mojando la pantalla del teléfono que sostienes en la mano derecha, ese que cada minuto suena, con el único fin de conectar tu mundo con el suyo…
Es difícil, y asfixiante, sentarte en la cama, mirar alrededor, oler su fragancia, y no encontrar sus ojos… Estás sola, sus brazos no te arropan, sus labios no te rozan, su aliento no te acaricia… Te tumbas cubriéndote con esa manta que había fundido vuestra vida en una… Y lloras.
Sin embargo, es fácil, demasiado fácil, cerrar los ojos y dibujar en mi mente los esbozos de momentos junto a ella, y del futuro que nos espera, y eso, sólo eso, es lo que consigue hacerme sonreir…
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