30 de noviembre de 2012

Ciudad de hielo.


Todo el mundo me considera una persona fría y poco cariñosa. Y quizás sea cierto. Pero eso no significa que no quiera, que no ame. No significa que no necesite que me abracen sin que lo pida, que me escuchen sin que yo escuche antes, que me digan “No llores más, estoy aquí contigo.”
Lo de irse a una ciudad nueva puede ser apasionante, nueva casa, nuevos amigos, nuevas calles… pero al fin y al cabo, lo que quieres es que esas personas que te conocen, que lo saben todo de ti, aparezcan de repente y te quieran, y te protejan. No estás sola, pero te sientes como si lo estuvieras. Y llega entonces el momento en el que autoconvences de que ya vendrán épocas mejores, que falta acostumbrarse a la nueva situación, que es todo cuestión de tiempo.
Quiero encontrar alguien en esta helada ciudad que sea capaz de darme el cariño que me falta, y que poco a poco, ese sentimiento de querer marcharme, se convierta en echar de menos cada persona y cada experiencia que encuentre este año.
Menos mal que desde hace mucho tiempo, tengo a alguien que cada mañana, cada tarde, y cada noche, esté donde esté, me hace irme a dormir con una sonrisa en la cara, y me hace darme cuenta de que aunque esté más lejos que nunca, me quiere como siempre. Me quiere como nadie.