15 de octubre de 2010

Te lo prometo.


Las promesas duelen siempre a destiempo. Serían el equivalente a criar un tigre de bengala. Sabes que al principio es monísimo, tierno, encantador, pero que algún día, sí o sí, te arrancará un brazo o cualquier otra cosa. Llega un momento en el que ya no te crees nada de lo que te dices. Es cuando te das cuenta de que, con los años, a toda promesa le ha salido un matiz. Te querré hasta fin de año, tendremos dos hijos, viviremos en una casa en la playa. Prometer es mentirle al destino. Prometer es perder por adelantado, es hipotecar lo inexorable, prorratear lo inexpugnable, autojoderse en diferido. Aunque claro, parece que prometerse cosas acaba siendo necesario para avanzar. Con uno mismo, y con los demás. Porque actúa como timón para las relaciones sentimentales: Marca el rumbo a seguir, pero para nada esperes que lo que suceda se parezca en algo al rumbo marcado. Aunque si no prometes nada, tarde o temprano te enfrentarás a la pregunta a la que se enfrentan los que comenten la desfachatez de vivir al día, de disfrutar el momento, de habitar solo y únicamente el presente. Cariño, hacia dónde va lo nuestro. Yo cada día me siento más orgullosa de mis dudas. Las únicas que, con los años, acaban siempre confirmándose. Las únicas que, con el tiempo, jamás me van a traicionar. hoy, mientras la palabras nosotros se me escurre líquida entre los dedos, me voy dando de bruces con todas y cada una de mis incompetencias emocionales. No he sido capaz de hacerte feliz, no he sido capaz de estrecharte entre mis brazos. No he cumplido casi ninguna de mis promesas. No he respondido casi ninguno de tus porqués. Y aun así, hay algo que quiero y puedo decirte: Pase lo que pase a partir de ahora, quiero que seas feliz toda la vida. Te lo prometo.